Recordé que nuestra vida es como esa flor que hoy florece y mañana se marchita (Salmos 103:15-16)
Me di cuenta que lo que creía que gozaba de estabilidad y me pertenecía, no lo era. Podemos perder a nuestro amor en un abrir y cerrar de ojos. En tan solo 20 días casi perdí a dos.
El tiempo no perdona, pero Dios abraza y ofrece esperanza (aunque no siempre estamos listos para experimentar Su consuelo).
Mi mundo cambió y no fue de «proceso» (como pregonan los especialistas). Fue más bien brusco, arrebatado.
El día del cual huía, ese día el cual temía, sin previo aviso llegó:
Partió mamá. Y en medio de mi sentida orfandad materna, insiste a mi puerta el Dios en sandalias, ese que mientras dice de sí «Yo soy la Resurrección», llora a su amigo Lázaro.
En estos días le pido al Padre dos cosas: Que me enseñe a atravesar este dolor así como Él también lo experimentó cuando perdió a Su Hijo amado en esa terrible cruz. Que insolencia me parece ahora eso de buscar «estar bien» en menos de 20 días. Mi segunda petición es que me enseñe a vivir una vida peregrina, aferrada a Cristo Jesús y a las personas que Él ha puesto junto a mi. Ya no quiero más perder el aliento a causa de los afanes de este mundo, los cuales perecen y nos dejan ansiosos y vacíos.
Gracias por leer hasta aquí.
Hasta pronto Ligia, viejita mía.

Si tal vez mirabas para acá
Yo sé que murió tu amanecer
Y su razón de anaranjar
Porque siempre queremos volver
A donde uno antes fue feliz
Y nos olvidamos que vivir
Es estar ahora, es estar aquí...»

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