Ya son 3 meses y 7 días desde que partió mamá, ¡y se ha sentido como un siglo! La echo tanto de menos, todo lo de ella: Despedirme cada noche dándole un besito en la frente, sus mensajes cuando se hace tarde y no llego aún a casa. Su orden, sus quejas, su música en la cocina, su sonrisa al ver a sus nietas, sus pisadas al subir la escalera, ver tv mientras compartimos la mesa, sus manos; extraño su voz (una de estas noches me pareció oír que me llamaba desde su pieza diciendo «¡Estefi!, «Si mami», quise responderle).
Sin asimilar mucho las cosas, guardo aún la esperanza de que un día de estos entrará por esa puerta y nos volveremos a encontrar y conversaremos por horas y la casa será nuevamente suya, ella toda mamá y yo, toda hija. Me resisto a acostumbrarme a tu ausencia, a las cosas hechas de otro modo que no sea el tuyo.
Y si sonrío, y si disfruto de las cosas pequeñas después de estos 3 meses y 7 días, reconozco que por dentro me entristezo y me avergüenzo la mayoría de las veces. Anhelo que este indolente tiempo se detuviera para llorarte un poco más, recordarte un poco más, extrañarte un poco más. Hay una parte de mi que se fue contigo para siempre y ahora que no estás no sé como seguir, ya no sé a quién volver.
Por ahora me refugio en un lugarcito de este roquerío llamado Jesús y desde aquí le ofrezco mi corazón roto, mientras observo y espero en el tierno amor de Aquel que cambia la tempestad en suave brisa (Sal. 107.29)
Gracias por leer hasta aquí.

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