«Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; si por su cuerpo, cómo se vestirán ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: No siembran, ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No vales ustedes mucho más que ellas?» Palabras de Jesús en el evangelio de Mateo 6.25-26
Estos días tuve la oportunidad de conocer en precioso humedal urbano en Curaco de Vélez, comuna que queda a 10 km de Achao.
En el proceso de buscar oportunidades laborales, esta semana tenía planificado ir allá para dejar mi currículum y papeles extra a los servicios públicos de éste lugar. Tenía bien presente que a orillas de la costanera, en un sector en particular, se encontraba un humedal urbano de aves por lo que parte de mi breve recorrido no tenía sólo propósitos administrativos, sino que también ornitólogos, y es que aunque sea una completa ignorante en este campo, me encanta observar y oír cantos de aves de diferentes clases. Pese a que ese lunes llovía y corría ventolera, caminé decidida hasta el lugar y me instalé en unos pequeños miradores de madera para disfrutar el espectáculo: Cientos de cisnes de cuello negro, garzas, múltiples gaviotas y diversas aves que no conozco su nombre; la orilla estaba plagada de ellos, era imposible contarlos y muy difícilmente identificarlos todos. Algunos chapoteaban, otros almorzaban o simplemente nadaban o hablaban a sus amigos.



Disfruté tanto estar allí quieta, a solas, mirando no sólo a estos animalitos, sino también el horizonte, las montañas y la pesada neblina que las cubría. Pensaba como a las aves no les faltaba nada realmente, tenían todo cuanto necesitaban dentro de su hábitat. Por mi parte y con algo de preocupación me he encontrado estos días, pensando en mi sostenimiento. Sé que no debería estar inquieta al respecto, sino descansar en el hecho de que mi pequeña existencia está en las manos del Padre celestial, Creador y sustentador de vida del cual hablaba Jesús a quienes le seguían.
Más atesorados que las mismas aves, están los hijos y las hijas de Dios en Su corazón, ¿por qué no he de confiar?
Cantando me despido:
¿Cómo podré estar triste (y preocupada),
cómo entre sombras ir
cómo sentirme solo
y en el dolor vivir
si Cristo es mi consuelo,
mi amigo siempre fiel,
/si aun las aves tienen
seguro asilo en él?/
Feliz cantando alegre,
yo vivo siempre aquí:
¡si él cuida de las aves
cuidará también de mí!
Nunca te desalientes
oigo al Señor decir,
y en su palabra fiado
hago al dolor huir.
A Cristo paso a paso
yo sigo sin cesar.
Y todas sus bondades
/por siempre me ha de dar/.
Feliz cantando alegre,
yo vivo siempre aquí:
¡si él cuida de las aves
cuidará también de mí!
Siempre que estoy tentado
o que en la sombra estoy,
más cerca de él camino
y protegido voy.
Si en mí la fe desmaya,
y caigo en la ansiedad
/tan sólo él me levanta,
me da seguridad/.
Feliz cantando alegre,
yo vivo siempre aquí:
¡si él cuida de las aves
cuidará también de mí!

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